La cooperación co-opera?

A raíz del artículo publicado en la Vanguardia hace unas semanas que hablaba del libro del antropólogo Gustau Nerín, “Blanco bueno busca negro pobre”, quisiera hacer unas alegaciones. Entrevistas radiofónicas y escritas aparte, debo confesar que la posición de Nerín me exasperó bastante porque las generalizaciones matan todo sesgo de duda y realidad. Sin embargo,  con el pasar de los días y haciendo un análisis más profundo, he llegado a la conclusión de que quienes queremos dedicarnos a la cooperación hemos de hacer una revisión de lo que se ha hecho hasta este momento desde una visión crítica, desde el análisis y  mediante un repaso histórico de las acciones. Sólo así será posible definir cuál es el tipo de cooperación que queremos.

 

El otro día alguien me dijo, con mucha sabiduría, que los cooperantes deberíamos aspirar a la desaparición. Al escuchar esto, al igual que con la entrevista a Nerín, me sentí tocada en la fibra más íntima. Pero como la acción sin reflexión es pérdida de tiempo, inevitablemente tuve que rumiar un largo rato. Y llegué a la conclusión de que sí, deberíamos empezar a pensar en que nuestro objetivo es desaparecer. Esto significa pensar nuestro trabajo no desde la idea romántica de quien se va a algún sitio a “ayudar”, sino más bien desde el pensamiento de que “somos un mal necesario” que algún día debería dejar de existir. Si pensamos en este leiv motiv, en algún momento miraríamos a nuestro alrededor y llegaríamos a la conclusión que ese “mal necesario” ya no es necesario.

“Hacer una escuela o una letrina no tiene impacto sobre el desarrollo de África. Llevamos cincuenta años de cooperación a gran escala y no ha habido resultados. El modelo está caducado. No hay ningún país africano que se haya desarrollado gracias a políticas de cooperación. Hace treinta años se creía que, al ritmo que avanzaba la cooperación, a principios del siglo XXI el continente africano estaría al nivel de Europa, pero se ha visto que no. De hecho, incluso se ha aparcado ya la expresión de ‘país en vías de desarrollo’. Hay muchísimo paternalismo y las ONG se acercan a África como si hubiera que enseñar a los pobrecitos negros a hacer todo”. Gustau Nerín.

Está claro que es necesario cambiar. Debemos pasar del simple asistencialismo, de la ayuda de sofá, de una cooperación centrada en el déficit económico en donde decimos qué es lo que se tiene que hacer y cómo se debe hacer, a la búsqueda de las verdaderas causas y en su consiguiente solución. La clave está en el trabajo conjunto, la escucha activa y las acciones bilaterales y de co-desarrollo.

Llegados a este punto, quienes hacemos cooperación tenemos que empezar a preguntarnos si  queremos pescar por los demás, si deseamos enseñar a pescar o si apostamos por acciones verdaderamente transformadoras, gestionando conjuntamente el cambio, trabajando desde el acompañamiento en el sur y dando protagonismo a las personas. La bilateralidad implica la acción también en el norte, donde nos toca hacer incidencia política y denunciar a los gobiernos que no respetan los acuerdos internacionales de paz y de derechos humanos, así como a las transnacionales que expolian y esclavizan a los ciudadanos. La clave está en empezar por comprender que muchos de los males del sur se gestan en el norte y que es tiempo de que nos demos cuenta de cómo nuestras acciones inciden en otras partes del planeta. Debemos ser responsables, no desde una aportación económica, sino desde una postura crítica y de acción real.

En este sentido y volviendo al análisis sobre la cooperación internacional, personalmente creo que no todo lo que se ha hecho, o hace, es malo, ni afirmaría que todo es bueno. Es también obligación de las asociaciones observarnos y criticarnos para apuntar hacia la transparencia, es un ejercicio “casi obligatorio”. Por otro lado, coincido en que utilizar a la cooperación al desarrollo para hacer negocio es un delito inhumano, vergonzoso y despreciable  que se ha de denunciar.

La cooperación ha ido evolucionando, cambiando y ganadamente se transforma y se analiza a sí misma. Busca nuevos enfoques que sean más participativos, horizontales e igualitarios, en donde no se hable de beneficiarios sino de actores, y sobre todo que otorgue voz a los verdaderos protagonistas de las transformaciones. Los que estamos en el norte tenemos una misión que se centra en búsqueda de nuestra propia justicia social, y que ver con la rendición de cuentas y la transparencia, tanto de las ONG, como del Estado y de las empresas privadas en donde invertimos, de las que adquirimos productos y en donde depositamos nuestro dinero. Empecemos por mirarnos el ombligo, poner nuestra casa en orden y luego llevar a cabo una cooperación entre iguales, horizontal, participativa y sobre todo de acompañamiento.

 

L. F. G.

 

Anuncios

La incidencia política de las ONL

“La corresponsabilidad social ha de permitir trabajar de forma conjunta para la transformación de la sociedad”, Observatorio del Tercer Sector, La incidencia política desde el tercer sector.

Hay un lema que asegura que juntos somos más. El caminar juntos hace mucho pero el trabajar juntos hace aún más, sólo así es posible  ver vientos reales de cambio. La sociedad en su conjunto está compuesta por diversos actores sociales y la unidad, colaboración y la labor conjunta, desde una perspectiva corresponsable resulta vital y a la vez es más rentable a nivel de recursos económicos y humanos. Es más, la OTS en el 2007 publicó un estudio sobre la incidencia política en el tercer sector social en donde asegura que ninguno de los actores sociales (entidades no lucrativas, Administración pública o empresas privadas) pueden afrontar por separado los retos sociales actuales. “La incidencia política toma una importancia capital en el juego de la corresponsabilidad social del tercer sector. La  corresponsabilidad de las organizaciones no lucrativas tiene que permitir trabajar para la visión de la sociedad desde los propios valores del sector, para dar voz a los colectivos más desfavorecidos, etc. En definitiva, actuar como un agente social reconocido y comprometido”. [1]

 

Normalmente cuando se piensa en las ONL, hablamos de asociaciones independientes que no tienen una afiliación política. Desde este punto de vista podríamos asegurar que ninguna organización debería tomar una postura política específica, aunque está claro que muchas la tienen. Tomar una postura política puede significar estar de acuerdo o no con el hacer del otro. Por eso, normalmente, e inevitablemente, las ONG sí tenemos una posición política determinada, aunque eso no significa ir de la mano con un partido político, sino más bien se trata de una forma de pararnos frente a la sociedad. En esta línea, resulta imprescindible asumir funciones en la construcción  conjunta de políticas públicas, ser partícipe de las mismas en todos los ámbitos (medio ambiente, cooperación, ámbitos sociales) y reforzar lazos con el sector privado, sobre todo en lo que respecta a la Responsabilidad Social Corporativa.

 

La OTS define a la incidencia política como el proceso de influir en los resultados de las actuaciones, comportamientos y posiciones políticas, tanto de las instituciones públicas como privadas. Así mismo, la Coordinadora de ONG para el Desarrollo, CONGDE, asegura que la incidencia política es “el conjunto de acciones, estudios, denuncia, información pública, diálogo social, presión, propuestas alternativas que mediante la movilización social y la participación en órganos representativos realizan las ONG”.

 

El objetivo de definir qué es incidencia política y tomar un posicionamiento en la escena social define a una ONL y esta característica se aplicará en todos los documentos de la entidad. Reconocernos partícipes de los cambios implica también comprometernos con los mismos y continuar actuando, siempre desde una visión crítica, analizando y luchando por nuestros ideales, que son los que nos definen como asociación.


[1] Observatorio de Tercer Sector, La incidencia política desde el tercer sector.

El liderazgo horizontal

Las organizaciones ya no responden a un esquema “estímulo-respuesta”. Su complejidad significa una interacción real entre la persona y la organización, donde las dos partes se influyen mutuamente. Joan Cornet, Liderazgo: Un elemento clave para el siglo XXI.

La necesidad de organización es inherente a las sociedades, así como el desarrollo y la posterior aplicación de modelos de seguridad, justicia, orden, derecho, etc. Los individuos agrupados, indefectiblemente se rigen por un sistema organizativo que es adaptable a cada sociedad, aunque comparte determinados convencionalismos, y que como tal debe evolucionar y transformarse conforme pasa el tiempo. Los paradigmas organizativos han ido variando en los últimos años con una tendencia que apunta al paso de una estructura vertical (formal) a otra de carácter horizontal (informal), que tiene la posibilidad de ganar flexibilidad a medida que se perfecciona. La tendencia es clara aunque, tratándose de persona, los cambios pueden transformarse en retos. Dicho esto, podemos afirmar que no siempre es posible aplicar este modelo en cualquier grupo ya que la organización horizontal implica responsabilidad individual y colectiva, apunta y necesita de la identificación social y de la cohesión, y obliga a contar con la capacidad de lograr la especificación y la excelencia, además de una cierta flexibilidad, creatividad y habilidad de comunicación.

La horizontalidad da lugar a líderes con una postura democrática que facilita el intercambio, escucha las aportaciones, cree en la implicación de sus componentes y asume al equipo como un todo, situación que deviene consecuencia de una identificación con ese todo. La contrapartida de este líder, es un integrante de su equipo que se involucre, desee aprender y alcanzar objetivos y que se comprometa e identifique con el equipo de trabajo. Ser una unidad no significa perder características individuales porque justamente este modelo organizativo apuesta y reconoce las virtudes, capacidades, cualidades y aptitudes de cada miembro de su equipo para trabajar de forma conjunta por un bien común y alcanzar las metas establecidas. Hablamos de un liderazgo basado en una buena gestión de las relaciones, de la participación y del aprovechamiento de las cualidades y aportaciones de cada persona. Aquí es donde entra la retroalimentación que apunta al crecimiento individual y grupal. Esto sólo es posible si contamos con un buen líder y un equipo de trabajo que tenga las características necesarias para la consecución de los objetivos.

Podríamos decir que el ambiente y el modelo de trabajo aplicado, así como las características de los integrantes del grupo, influyen directamente sobre al actuar del grupo en su conjunto, pero también sobre cada persona que lo compone. De forma negativa o positiva se produce una incidencia, a corto o mediano plazo. En algunos casos, dicho efecto puede ir cambiando en el tiempo y provocar reacciones diversas. Es por ello que la forma de liderar es fundamental para evitar que se produzcan desajustes graves que interfieran en las dinámicas y el cumplimiento de los propósitos del grupo. La observación de uno mismo como líder, de los cambios del entorno y de las dinámicas del grupo (individuales y colectivas) son sustanciales, así como la comunicación y la flexibilidad; cualidades que se convierten en elementos clave para resolver los conflictos que puedan suscitarse.

Llegados a este punto, la pregunta se cierne sobre si es posible “moldear” a una persona para que encaje con un estilo de liderazgo específico. Hemos de tener en cuenta si las situaciones sociales pueden controlar los comportamientos individuales o bien si la conducta individual pondera por sobre lo social. Al hablar de retroalimentación, la clave estaría en definir un estilo de liderazgo acorde a las características y necesidades de los individuos del grupo y de la empresa para cumplir con los objetivos de la forma más rápida y eficiente, sin perder de vista el hecho de que lo más importante es trabajar por una causa común, a base de compromiso. Sólo conociendo las mismas será posible encontrar las formas de motivación acordes para que cada persona pueda desarrollarse, crecer, identificarse con una causa determinada y aportar lo mejor de si para ella.

LFG.