Cultura y etnocentrismo II

(A nivel introductorio puedes leer Cultura, derechos humanos y etnocentrismo I)

“Una forma particular de etnocentrismo se denomina Eurocentrismo. Este concepto se refiere a la mirada del mundo a partir de la experiencia europea occidental, donde las ventajas o beneficios para los europeos y sus descendientes, se buscan a expensas de otras culturas, justificando esta acción con paradigmas o normas éticas que proclaman beneficios universales para todos. Se habla entonces de una “específica racionalidad o perspectiva de conocimiento que se hace hegemónica colonizando y sobreponiéndose a todas las demás, previas o diferentes, y a sus respectivos saberes concretos, tanto en Europa como en el resto del mundo”. [1]

A priori caemos en la convicción (aunque sea inconsciente) de que nuestro modelo es el único posible y por tanto podría convertirse en el mejor. Nos lo vienen enseñando desde que aprendemos que 2+2 es 4. Se trata de una racionalidad mezclada con un poco de religiosidad, cuando cabe, y salpimentada con un poco de conciencia social.

Nos dicen que tenemos que ser los mejores, que tenemos que vestir a la última moda y que es necesario tener el último modelo del mejor teléfono móvil cuando salimos a la calle; no vaya a ser que de repente nos invadan los marcianos y necesitemos un aparato ultrasónico para escuchar música, ver vídeos, chatear y mantener conferencias mientras emprendemos la heroica acción de salvar el mundo…

Nos gusta vivir en sociedad porque somos seres sociales, pero a la vez queremos mantener cierta individualidad definida por una burbuja que delimita un “espacio vital”. Defendemos nuestros derechos sin pararnos a pensar en si verdaderamente contamos con los medios reales para llevarlos a cabo. Compramos casas que no podemos pagar, nos pasamos más horas trabajando que las que dedicamos al ocio. Queremos tener hijos pero no podemos compatibilidad la vida familiar con nuestra economía de subsistencia…

Pensamos que somos libres pero vivimos rodeados de reglas. La dictadura del “está prohibido” marca cada paso de nuestro hacer aparentemente autónomo, y es lo que define el orden, porque si no nos ordenamos caemos en un caos (o al menos eso es lo que nos cuentan) y el sólo hecho de pensar en el caos nos da miedo. Pero así y todo seguimos creyendo que nuestro paradigma es: “EL PARADIGMA”.

Modernidad = pensamiento occidental

Sí, definitivamente nosotros somos modernos y nos afanamos en serlo cada vez más. Nuestra modernidad está ligada a un modelo de producción basado en la obsolescencia programada que evita que nos escapemos de la rueda, que nos hace continuar creyendo que esto es lo único que existe y que además somos los creadores de los medios para continuar completando el ciclo: tenemos la tecnología, los médicos y los laboratorios, tenemos la educación, los libros y los maestros, tenemos la fábrica, los obreros y las materias primas; bueno, esto de las materias primas lo dejo para otro capítulo…

A partir de un etnocentrismo enraizado (los hay de diversos tipos y niveles) aseguramos que somos portadores de verdades universales, y sobre todo que somos los fieles exponentes de la modernidad. Esta inmersión en “lo nuestro” puede hacernos olvidar que existen otras posibilidades, que aunque también etnocéntricas puede que tengan “modelos” susceptibles de ser tenidos en cuenta. Y aquí empezaría a hacerme unas preguntas:

 ¿Es nuestra medicina más avanzada que la de los pueblos indígenas del Amazonas?

¿Estamos mejor educados que los pueblos africanos?

¿Son nuestras creencias más respetuosas y verdaderas que las del animismo o el Islam?

¿Es nuestro sistema económico y social más avanzado que el de comunidades latinoamericanas?

¿Son nuestros derechos humanos realmente universales o será que al intentar universalizar nos dejamos fuera algunos aspectos fundamentales como la colectividad?

El problema del etnocentrismo es que no nos deja ver en profundidad. Es como una telilla que se posiciona delante de nuestros ojos y nos hace confundir el mirar con el ver. De esta forma, inmersos en la vorágine progresista puede que no contemplemos la diversidad y el respeto por los pueblos y las culturas.

Y aquí volvería a hacerme otras preguntas:

¿Somos progreso? ¿Somos verdad?, o en cualquier caso, ¿es más acertado nuestro desarrollo y es mejor que los nacidos de otras cosmovisiones?

La cuestión fundamentalmente es si en realidad nuestra concepción del progreso es el correcto: ¿Nosotros somos el modelo y el modelo es el desarrollo? [2] (Con el fin de esclarecer este punto los invito a ver un vídeo).

Para aniquilar la mirada etnocentrista, creo yo, cabría valorizar los saberes de todos los pueblos y sobre todo respetar las culturas, teniendo en cuenta sus diferencias para lograr enriquecernos mutuamente a través del intercambio de conocimientos. Y también sería imprescindible abandonar las categorizaciones para, como me dijo una vez una antropóloga, “machacar la mirada del mundo únicamente occidental que se transmite a partir de los mitos que nosotros mismos creamos”.

La apertura mental es complicada, y romper con estructuras sociales lo es aún más. Pero pienso que sólo siendo conscientes de que nuestro posicionamiento frente a los demás puede estar condicionado por determinados valores es posible construir conocimiento entre todas y todos; pero debemos hacerlo desde el respeto. A partir de aquí será posible romper con modelos autodestructivos.


“De esta forma, se concluye que el etnocentrismo como tradición intelectual, como método de análisis de culturas dominantes y dominadas o como idea hegemónica de superioridad (como se visualiza en el caso del eurocentrismo) debe ser objeto constante de crítica en la academia por diversas disciplinas tales como el Derecho, la antropología y la sociología, en la medida en que las imposiciones dadas por las hegemonías culturales consideradas de rango superior, distorsionan la realidad cultural y social mundial ignorando o suprimiendo entre sus presupuestos, la existencia de una pluralidad de culturas que quieren “dejar de ser lo que no son” a causa de las transformaciones a las que se ven obligadas a ejecutar con el fin de ser una copia exacta o similar de la cultura dominante que enfrentan estos”. 


[2]

L.F.G

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Miradas veladas

Polémicas donde los hay, el uso del velo islámico integral se ha convertido en una de las últimas discordias europeas. En realidad es un debate que lleva años pero que, al parecer, finalmente va tomando forma. Así las cosas, el viejo continente ha decidido poner el grito en el cielo y aclamar a la “conciencia” de sus ciudadanos y políticos para lanzar así medidas reguladoras respecto a la vestimenta femenina islámica. El objetivo, aseguran, es alcanzar la igualdad y respetar los derechos de todas las personas.

Europa se proclama

Desde países como Bélgica que prohíbe a las mujeres vestir el velo integral, niqab que deja sólo los ojos al descubierto o el burka que tapa completamente el cuerpo, en todos los espacios públicos, dígase calles, parques, estadios, etc., hasta Francia que finalmente parece decantarse por vedarlo únicamente en las  instalaciones públicas, ya que según asegura su presidente atenta contra la “idea que la república francesa tiene sobre la dignidad de la mujer”. La medida impulsada en Bélgica indica que ninguna persona puede estar con la cara tapada o disimulada en los espacios públicos e impone a quien no la cumpla una multa o de 1 a 7 días de cárcel. Por su parte, los franceses no se muestran tan radicales y si bien no planean prohibirlo en la calle, sí en los edificios públicos como hospitales o colegios. La comisión encargada de su análisis ha concebido denegar la nacionalidad o la residencia a quien no cumpla con la ley.

España también se pronuncia

Algunas provincias de España se posicionan en el mismo bando, escudándose en la sensación de inseguridad que provoca el uso del velo integral y porque no respeta los derechos de la mujer al significar sumisión y falta de libertad.

Si bien esto no deja de ser una realidad, lo que no queda claro es si se trata de una medida política que únicamente intenta avivar una llama que atrae votantes. Según una encuesta del diario Financial Times, un 65% de españoles estaría en contra del uso del velo integral, situación que resulta atrayente desde un punto de vista electoralista. Sin embargo, la realidad indica que en España las mujeres que se tapan de pies a cabeza son pocas. El uso del niqad y el burka, que representa las convicciones de las líneas más radicales del Islam no está indicado explícitamente en el Corán que sólo determina que las mujeres se han de cubrir con vestidos.

Debate a voces

La discusión está en pleno apogeo pero tal vez deberíamos preguntarnos qué es lo que tienen para decir las mujeres de religión islámica. ¿Es lícito determinar más prohibiciones? Está claro que el velo integral oculta el rostro por lo que implica una desidentificación y podría dificultar la integración de diversos colectivos pero tal vez es hora de que quienes lo visten puedan manifestarse, alzar su voz y proclamarse. ¿Será que ahora deberán llevar a cabo una batalla más? ¿Será que ya no podrán salir de casa? La prohibición si no va unida a un cambio integral, de fondo y educativo no tiene sentido ya que en última instancia los que pierden son siempre los mismos, o las mismas en este caso. Palabras como igualdad, dignidad, humanidad a veces son enarboladas bajo la bandera que representa los valores de una sociedad democrática aunque cabe analizar si no se trata de un interés enmascarado que puede devenir en establecer estandartes confusos. El debate está abierto.

Otros países: Holanda prohíbe el acceso a las universidades a las personas tapadas, Reino Unido no establece normas concretas en torno a su uso sino que da libre albedrío para que las escuelas decidan por si mismas y Alemania permite a cada estado federado modificar sus leyes si fuera necesario.