La ilusión verde de los agro combustibles

No necesariamente todo lo verde es bueno reza un informe de Oxfam Solidaridad1. Y es que a partir de la búsqueda de combustibles alternativos, sea por reducir los efectos del cambio climático, por el afán de dejar atrás la industria petrolera o por fortalecer el sector agrícola, se quedan en el olvido los impactos que causan los agrocombustibles en la vida de las personas y los pueblos. Lo cierto es que las preocupaciones a nivel mundial de reducir las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, así como el agotamiento de los combustibles fósiles están sobre el tapete. Mucho se ha hablado sobre la necesidad de encaminarse por una vía alternativa que responda a la demanda de combustible para el transporte (lo que se llama agrocarburantes). Y aquí en donde entran otros actores. La cuestión es analizar quiénes son los países que más ansiosamente promueven esta necesidad de cambio. Y la segunda cuestión es considerar en el mapa mundial en dónde se localizan las grandes extensiones de tierra destinadas a la producción de agrocombustibles, qué características económicas tienen estos países y cómo son viables a partir de tratados de libre comercio.

Biodisel y monocultivos

Imagen obtenida de paper blog

 

De la economía bio a la agro

En este sentido, es necesario hacer una aclaración en relación a los términos agrocombustibles y biocombustibles ya que mucho se ha hablado hasta ahora de este tipo de energía alternativa. Los agrocombustibles como bien alega el informe “Agrocombustibles y derecho a la alimentación”2, nacen a partir de biomasa que se produce en cultivos agrarios que no necesariamente tienen que ser ecológicos. Pues bien, aunque se crea que la producción de agrocombustibles puede convertirse en un motor económico, se debería analizar cada caso. Europa, por ejemplo, hace ya varios años que amplió su modelo de producción económica. No se trata ni de lejos de una economía basada únicamente en la agricultura, sino más bien en la industria, la producción de bienes y servicios y el desarrollo de tecnología, pero a la vez cuenta con un medio rural que se ha tecnificado. En este caso, dedicar un porcentaje de la tierra para el cultivo de biomasa puede implicar un nuevo y valorable impulso económico en los tiempos que corren.

 Actualmente, la Unión Europea (UE) depende en un 50% de la importación de materias primas para cubrir sus necesidades de energía, algo que podría incrementarse hasta el 65% en el 2030. De acuerdo con la directiva de la UE 2009/18/EC, para 2020, el 20% del total de la energía demandada por la UE vendrá de fuentes renovable y el 10% de esta provendrá del etanol y el biodisel derivados de los agrocombustibles. Pero la producción en Europa no sería suficiente para cubrir esta demanda por lo que se plantea la necesidad de que se importe desde países en vías de desarrollo entre el 15 y 20% de esta materia prima destinada para combustibles alternativos.

Si hablamos de importación, los países tropicales son los que cuentan con las condiciones climáticas para cobijar grandes extensiones de cultivos que producen biomasa. Y es que la creciente demanda de agrocultivos está siendo un aliciente en el llamado desarrollo económico de países del sur, que han visto un motor de crecimiento productivo interesante en este aspecto. En este sentido, se han destinado grandes extensiones de tierra en países de América Central para estos cultivos, tierras antes utilizadas, por ejemplo, por pueblos originarios para su autosuficiencia alimentaria.

En cualquier caso, cabe aclarar que no es susceptible de responsabilizar únicamente a la producción de biodiesel, proveniente del maíz, caña de azúcar, remolacha y sorgo, o bioetanol, que se obtiene de aceites o grasas de cultivos como jatropa y palma aceitera, como los culpables del aumento del precio de los alimentos pues estos combustibles no derivan necesariamente de cultivos utilizados para la alimentación, salvo el maíz que se debería utilizar únicamente a partir de excedentes. Sin embargo, el cultivo extensivo sí causa un impacto en la redistribución de la tierra y el uso que se hace de ella; porque los monocultivos ubicados en grandes extensiones de tierra se encuentran mayormente en manos de latifundistas, empresas privadas nacionales o extranjeras; algo que sí afecta directamente el derecho a la alimentación de pueblos y comunidades de países del sur.

 Los daños colaterales de los agros

Si bien es posible que la producción de agrocombustibles repercuta en resultados favorables en el área rural, esto necesariamente va unido a condiciones específicas. Por ejemplo, en Europa se ha visto un crecimiento de la economía del campo dedicada a los monocultivos que producen biomasa; pero es posible que se genere una estrecha relación entre los productores y los gestores del agrocombustible, algo que no se produce en los países del sur en donde el monocultivo representa exclusión social, desplazamientos forzados, bajos salarios, explotación laboral y discriminación, así como lucha por el derecho de acceso a la tierra, la soberanía y la seguridad alimentaria. En países como Guatemala y Colombia se han documentado graves violaciones a los Derechos Humanos derivados de la utilización de la tierra como un bien para producir agrocombustibles destinados a la exportación, impulsados estos por la firma de tratados de libre comercio.

De la misma forma, los efectos que causan grandes extensiones de monocultivos en países del sur se plasma tanto a nivel medioambiental, como económico, social y cultural. El intrusismo de los monocultivos implica deforestación, afecta negativamente la biodiversidad y causa un grave impacto a nivel ecológico por la pérdida de los espacios naturales de producción de oxígeno. Por otro lado, implica que se destinen grande cantidades de agua para estos cultivos. Según el informe de Oxfam México, en este país, la superficie sembrada de caña de azúcar es de 700 mil hectáreas, lo que representa el 4% del total de la superficie sembrada. Una hectárea para la agricultura necesita 9 millones de litros de aguapero cultivos como la caña de azúcar necesita 20 millones de litros de agua. Entonces, 700 mil hectáreas demandarían 6.7 mil millones de litros de agua. Por lo que en 10 años, la demanda de agua puede incrementarse a 10.5 mil millones de litros3.

En conclusión, cabe preguntarse a quién beneficia la producción de agrocombustibles, si verdaderamente son sostenibles a nivel medioambiental y qué impactos causan en la vida de las personas. ¿ Es lícito expulsar de sus tierras a familias campesinas en pos de la búsqueda de energías renovables? ¿Es factible deforestar el sur para producir fuentes alternativas de energías para el norte? Al fin y al cabo parece que no todo se mide con el mismo rasero.

 

 

 

1Oxfam Solidarité, APRODEV, Grupo Sur, Alop, AIDhaco, CIFCA, “Not all that is green is good, expansion of the production of agrofuels and free trade agreements between the EU, Colombia, Peru and Central América”,

2Prosalus Cáritas española, Veterinarios sin Fronteras e Ingenieros sin Fronteras, “Agrocombustibles, ¿Parte del problema o parte de la solución?, 2007.

3Oxfam Mexico, “Vamos al grano. ¿combustible o alimento. Biocombustibles, cuanso la solución es parte del problema”. 2009.

El poder de los mercados y la crisis alimentaria

Internet se ha convertido en el mayor aliado de las transacciones internacionales ya que facilita el intercambio de información y es posible saber no sólo cómo están las bolsas más importantes del mundo, sino también permite mover en cuestión de minutos grandes cifras de dinero.

Así, resulta muy complicado controlar el movimiento de capitales y sobre todo de la especulación. Pero el mayor problema ante la especulación es cuando los gobiernos, las empresas y la banca se dan la mano o se convierten en hermanos de sangre. El objetivo es identificar cuáles son los productos que cotizan a mayor precio.

Las razones de la crisis actual se deben principalmente a que “los mercados son cada vez más especulativos”, aseguraba Arcadi Oliveras, doctor en ciencias económicas, en una charla enla UniversidadInternacionaldela Paz. Parecieraque no hay límites para especular y continuamente es posible negociar con productos tan básicos como las materias primas fundamentales para la supervivencia de las personas, como el trigo, el maíz o las semillas. [1]


En este mundo globalizado todo está interconectado

La Organizaciónde Naciones Unidas, ONU, ha declarado la crisis humanitaria del cuerno de África como la primera hambruna del siglo XXI, con 10 millones de famélicos. Y no es de extrañarse ya que desde hace más de 15 años, en la cumbre Anual sobre Alimentación,  países ricos y pobres se comprometieron a hacer todo lo posible para reducir el hambre mundial a la mitad, según reza uno de los objetivos del milenio. Cuatro años más tarde, las cifras continuaban empeorando.

En la actualidad el hambre afecta a mil millones de personas, de las cuales 60 mil mueren cada día. Pero el problema no es la falta de alimentos, según asegurala FAO, agencia para la agricultura y alimentación dela ONU, sino la imposibilidad de acceder a ella por parte de una gran cantidad de habitantes, en su mayoría de países de África pero también de Asia.

Los precios cada vez son más altos

Si bien los costes de los cereales han bajado en los últimos tres años, se han encarecido un 70% más que antes del 2006, por lo que no han desminuido lo suficiente para que sean accesibles a las poblaciones empobrecidas; y el precio de las semillas y los fertilizantes han aumentado el doble, según explica un artículo del diario El Periódico. [2]

Por otra parte, en los próximos años, los precios oscilaran seguramente hacia el alza ya que países emergentes como China e India se han convertido en grandes consumidores de alimentos y sobre todo de biocombustibles, para los que se han de destinar grandes extensiones de tierra y agua que antes se utilizaban para cultivar alimentos para el consumo.

Ante este panorama, los eruditos de la especulación económica han visto en los alimentos una gran fuente de divisas ya que son un bien básico para la supervivencia y quien tenga en sus manos la propiedad de la tierra y las reservas de alimentos será quien pueda decidir su precio. Tanto es así que investigadores del Oakland Institute de California[3] estiman que algunos clientes estadounidenses invirtieron 500 millones de dólares en tierras con perspectiva de un 25% de beneficio,la FAO, en su día, alentó esta iniciativa.

La mano negra alcanza a los alimentos

Así, la especulación ha pasado de productos como el petróleo, el oro o el sector inmobiliario a la tierra y los alimentos. En España, por ejemplo, existe un producto financiero de Cataluña Caixa (depósito 100% Natural)[4] que ofrece una cesta con azúcar, café y trigo que requiere una inversión de 1.000 euros pero que ofrece una rentabilidad asegurada.

Por su parte, organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial, vienen, desde hace muchos años, “aconsejando” a los países pobres que deben aplicar políticas de exportación de materias primas como fórmula para aumentar su PBI. El resultado de esto es el ahogo de los mercados internos y de los pequeños productores, además de fomentar políticas de expropiación o venta de tierras fértiles a empresas privadas de países ricos y el cultivo de productos de transacción que se convierten en activos financieros, que son cotizados en el extranjero pero que no dan de comer a la población local.

Está claro que el cuerno de África está sometido a un problema de sequía, que conjuntamente con economías insostenibles por sí mismas (o bien por ahogo internacional) y que no tienen la capacidad de producir la cantidad de alimentos necesaria para toda su población escenifica y agrava hoy la situación del hambre en el mundo.

Lo que no se puede dejar de ver es que aquellos que otrora marcaban los pasos a seguir para salir de la crisis (económica y alimentaria) son los mismos que asfixian las economías de los países del sur marcando un modelo de economía neoliberal que pone todo su énfasis en el mercado internacional y no en lo local.

Es indudable que esta situación se viene dando desde hace bastante tiempo y nosotros no deberíamos ser cómplices de este gran monstruo especulativo que empobrece y mata a miles de personas cada día. Porque la alimentación, el agua, la tierra… no deberían ser productos que coticen en bolsa ya que todos y todas tenemos derecho a una vida diga y a no morir de hambre.


Des-sostengamos el consumo

En un momento histórico en el que la palabra sostenibilidad se ha puesto de moda y ha pasado a convertirse en el estandarte de muchos discursos productivistas que intentan disociar algunas prácticas del crecimiento económico, cabe pensar en la posibilidad de que a estas alturas se encuentre ya vacía de contenido…

 Pero más allá de la apropiación errónea que puede tener este concepto y en si realmente obedece o no a un significado tácito, creo que es necesario hacer un alto y pensar en la manera en la que estamos viviendo porque si continuamos desarrollándonos de forma insostenible nos quedaremos sin recursos.

 Ante esta situación, tal vez valga la pena re-apropiarnos del término para empezar a incorporarla en nuestras acciones cotidianas, como impulso de cambio. Y es que a través de nuestro hacer reproducimos ciertos arquetipos y estructuras enlazadas a la producción económica.

El producto final vale más que el proceso

El capitalismo, como herramienta maquiavélica “cuasi perfecta” se inmiscuye en todos los ámbitos de nuestra vida y actúa a partir de la replicación de la reproducción económica en todos los ámbitos de nuestra vida, imprenta la huella de la producción también en la reproducción social.

Seguimos patrones que son funcionales al propio sistema. Así aprendemos a generar una idea de competitividad desde que somos pequeños. Siempre debemos ser mejores y superarnos. La evaluación es una categorización numérica. Somos evaluados constantemente y hemos de sobrepasar la media (medida determinada por algún “ente medidor”) para poder “ser alguien en la vida”.

Así, creamos aspiraciones basadas en un modelo económico que puede cumplirse si alcanzamos ciertos objetivos que ya están especificados de antemano. Tal vez puedas entrar en el club de los mejores si tienes un trabajo en donde ganas bien, situación que te permitirá aspirar a una buena calidad de vida: comprarte una casa grande, tener el coche último modelo, cambiar el teléfono móvil, irte de vacaciones a un sitio exótico, etc. De esta forma el sistema va tatuando una y otra vez el modelo.

La obsolescencia también es simbólica

El consumo se convierte en un elemento central en esta supuesta libertad simbólica y mentirosa, que intenta cubrir las necesidades que el propio sistema crea. Porque en realidad, ¿necesitamos endeudarnos para comprar un coche que nos hará sentir más…libres? Y enseguida me viene a la memoria esa publicidad en donde transitas con un vehículo reluciente, nuevo y de color gris por una carretera amplia, rodeada de un hermoso paisaje… ¡y que encima aparca solo! Que tentación. Lástima que la publicidad no muestra los malabares que tendrás que hacer para pagar el sentirte más libre.

Obsolescencia programada dice que los objetos tienen un ciclo de vida establecido para continuar dando vida a la rueda productiva. Pero no sólo se rompen para procurar que el sistema siga funcionando, sino que también existe todo un imaginario simbólico que nos impulsa a continuar consumiendo, comprando, adquiriendo y tirando a la basura. La obsolescencia simbólica es eso que te impulsa a comprar cosas que realmente no necesitas… ¿por qué lo haces? Pues porque nos impulsan: rebajas, ofertas, chollos… y así privas a tu conciencia de la pregunta: ¿Lo necesito realmente?

Al fin y al cabo, si no viviéramos en una sociedad en la que todo es tan efímero y casi imperceptible, prestarías atención a la milésima de segundo de racionalidad y caerías en la cuenta de que verdaderamente no necesitas cambiar tu vestuario para ir a la moda. Una vez más el sistema se las arregla para engatusarte, ¡la banca gana!

Y es que el consumo se disfraza de necesidad y se internaliza a través de hábitos cotidianos. “Estos hábitos devienen de las enfermedades de la opulencia, nacen del exceso y de la orgía consumista”, explican desde el centro de investigación e información del consumo.

Caminando por Plaza Cataluña estas semanas en la que los indignados estábamos des-indignándonos vi una pancarta que me hizo mucha gracia por su frescura e infinita razón: “nosotros no somos anti-sistema, el sistema es anti-nosotros”. Y me rememoró todas las veces en las que escuche a aquellos que defienden el modelo imperante… el mercado se regula, hay que comprar para activar la economía…

 Simplicidad voluntaria: consumir menos y vivir mejor

¿Seré anti- sistema? Si eso significa intentar vivir con menos, adecuarme a adquirir las cosas que realmente necesito, intentar dedicar tiempo a hacer aquello que verdaderamente me gusta aunque no me otorguen un rédito económico, entonces sí soy anti-sistema. Porque como seres humanos pensantes, racionales y libres… ¿libres?, tenemos la posibilidad de elegir cómo queremos vivir en este paradigma.

El sistema es anti-seres humanos sociales. El sistema intenta aniquilar las relaciones humanas, no sólo con los de nuestra propia especie, sino también con la naturaleza. Reemplaza emociones por objetos.

Hay quien piensa que es imposible luchar contra algo que está tan enraizado, porque pareciera que no hay manera de salirse de la vorágine. Pero aunque nos olvidemos ( porque existe una fuerza maligna que hace todo lo posible para que pase), las personas tenemos un espacio de poder que se desarrolla en lo privado. Este ámbito privado, en el que podemos ser dueños de nuestras propias decisiones, interactúa constantemente con el ámbito público.

A mi entender, es posible convertirnos en consumidores concientes que sólo adquieren lo que realmente necesitan, sin excesos. La clave es ser transformadores, y actuar desde el día a día para modificar nuestro estilo adaptándolo a una idea de decrecimiento individual.

Podemos ir más lento, disfrutando del paisaje, mirándonos a los ojos de nuevo, compartiendo tiempos juntos y relacionándonos con la naturaleza. Observar en profundidad y preguntarnos qué es lo que realmente importa. La respuesta está en la voluntad y es simple: consumir menos y vivir mejor.

Indignación + compromiso = cambio

El pensamiento productivista, auspiciado por occidente, ha arrastrado al mundo en una crisis de la que hay que salir a través de una ruptura radical con la escapada hacia delante del “siempre más”, en el dominio financiero pero también en el de las ciencias y las técnicas. Ya es hora de que la preocupación por la ética, por la justicia, por el equilibrio duradero prevalezcan. Puesto que los más graves riesgos nos amenazan. Y pueden llevar a su término la aventura humana en un planeta que podría volverse inhabitable para el hombre. Estéphan Hessel, ¡Indignaos!

El sujeto como agente histórico y social es parte del engranaje de una maquinaria compleja. Funcionalmente toma un lugar, se posiciona. Nada es espontáneo, algo sucede porque hay una coyuntura y determinadas capacidades que lo facilitan, que causan en efecto y por tanto un cambio.

El sujeto es más que el espacio donde se mueve e interactúa, lo trasciende porque contiene gran cantidad de significantes, huellas, historias y trayectorias. El sujeto es global, primero porque está envuelto por un bagaje propio y segundo porque está marcado por una globalidad que traspasa sus propias fronteras. La globalidad es multiculturalidad, intercambio e información pero también puede acarrear dilución y pérdida identitaria; ¿adormecimiento? 



Estamos perdiendo derechos

“Los estados tienen proyectos meramente corporativos” aseguraba Saskia Sassen en una conferencia sobre ciudadanas globales a la que asistí en Barcelona. Y la trascendencia en la vulneración de los derechos se da en todos los niveles de la sociedad. Aparentemente comienza por algo que puede no concernirnos pero a la larga nos tocará, porque dentro del tejido social todo es transversal, el problema enfatizaba la socióloga, es la pasividad.

Al recorte en sanidad le sigue el recorte en educación, la flexibilización laboral o la ley de inmigración totalitaria y egoísta. Como ciudadano, puede que hayas decido pagar asistencia sanitaria privada y creas que no te toca la reducción de presupuestos, pero indefectiblemente estás aceptando que el Estado se desligue de sus obligaciones y vulnere tu derecho a una sanidad digna o a una educación pública de calidad. Es la pérdida de la batalla social, el retroceso y sobre todo la victoria de los mercados. 

En este contexto, los hijos del estrato social llamado “clase media”, que se fue gestando en los pasados 30 años, han sido preparados para un modelo económico que no se puede sostener y que no puede ofrecerles aquello que han ido mamando de sus padres.

“La peor actitud es la indiferencia, decir “paso de todo, ya me las apaño”. Si os comportáis así, perderéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue”. Hessel

 Siempre ha habido actores que hacen Lo Social y lo político (establecimiento de relaciones de convivencia y actividad asociativa) que, de alguna manera, definen los espacios en donde nos movemos, los llamados espacios de poder.

Estos espacios existen en todos los ámbitos, entendiendo el poder no únicamente como el gubernamental, sino también el que se gesta en el ámbito privado y social, el relacionado con los conocimientos, la formación, las tecnologías, la comunicación, la información, la religión, la educación, etc.

El poder sobre el poder normalmente se mantiene estático por un periodo de tiempo, aunque también otros sectores pueden apropiarse de él.



En determinadas situaciones la falta de poder puede ser un disparador y transformar la realidad, adquirir complejidad e incidir en el paradigma. Tal vez causar una grieta en él y comenzar a realizar una ruptura que puede dar paso al cambio de modelo. En este sentido, aquellos que no tienen el poder se convierten en sujetos vitales de la historia, sujetos históricos, y comienzan a interactuar en el entramado social, a partir de la actividad asociativa.

La clave está en comprender que los que en un momento son “Los Sin Poder”, pueden convertirse en protagonistas de su propia historia al adquirir una condición de y, posteriormente, actuar. Redimensionan la realidad desde una nueva construcción de su rol. Sólo los que actúan en Lo social serán los que puedan pasar a la acción porque son los que verdaderamente están despiertos.

El quid de la cuestión es si los ciudadanos encontraremos en nosotros mismos las herramientas necesarias para modificar el modelo y, sobre todo, para mantener la energía que necesitan las transformaciones. Se trata de impulsar cambios desde dentro, desde el propio tejido social de base. Comenzar por cada uno para luego poder reconocer la fuerza impulsora de los demás y reconstituirnos en un todo. Para lograr esto, sería necesario comenzar a construir relaciones sociales fortalecidas, que permitan amalgamar las diferencias y que den lugar a la semilla del cambio.

Para que el relevo del modelo sea verdadero es imperativo re-significar algunos contenidos, entender que debemos construir relaciones de respeto, por el otro y por el entorno, dejar de lado el individualismo y re-posicionarnos como actores de Lo Social. Revalorizar lo que realmente importa, dejando de lado la concepción meramente economicista que tenemos del bienestar.

“Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible.” Mahatma Gandhi


Felicidad = Necesidad (Al cubo)

Llegan a mis oídos continuamente conversaciones sobre la crisis, teorías que explican causas y consecuencias; debates sobre cómo refundar el modelo, cómo modificarlo para evitar caer cíclicamente en la espiral caótica. Recetas del Banco Mundial, soluciones para tapar agujeros del Fondo Monetario Internacional y algún que otro expertillo que nos da buena cuenta de las famosas “medidas económicas”…

Seguramente en unos años el propio sistema se rearmará y seremos capaces de volver a comprar la cantidad de televisores directamente proporcional a la cantidad de habitaciones que tenga nuestra casa hipotecada. A vestir como las grandes cadenas de ropa lo crean conveniente (siempre marcando tendencia) y a aprovechar los descuentos de objetos que ni siquiera necesitamos… en fin, a seguir cubriendo nuestras “necesidades” para continuar desarrollándonos y creciendo y, por tanto, ser felices… pero mientras tanto es menester pensar en algunas cuestiones.

Necesidad, crecimiento, desarrollo= ¿progreso real?

Por suerte, a la par de la cantidad de recetas economicistas, voy escuchando muchas otras que apuestan por el cambio definitivo.

Hasta ahora se había medido el nivel de desarrollo de un país a partir de su producto interior bruto (PIB). Tanto más rico es un país, y por tanto sus ciudadanos, cuanta más producción de bienes y servicios finales tiene… Particularmente nunca me convenció la idea del PIB, no sólo porque la distribución de la riqueza es desigual aunque el PIB sea alto, sino más bien porque es un indicador material, no de bienestar o de calidad de vida.

Porque en realidad, ¿quien dice que somos mejores si producimos más, gastamos más, invertimos más, compramos más, vendemos más…? y sobre todo, ¿hasta dónde somos capaces de llegar para continuar con un modelo de producción que persigue alcanzar los primeros puestos de la lista peibeística?

A mi entender, el modelo occidental, enarbolando la bandera del capitalismo salvaje, es destructor por naturaleza y apuesta por transformaciones que convierten materias primas en bienes competitivos, ahogando economías débiles, expoliando recursos y aplastando lo que se cruce en su camino. Genera deuda, no sólo monetaria, sino también ecológica, humana, cultural y social. Es irrespetuoso porque nos dice, no sólo lo que tenemos que hacer, sino también cómo lo tenemos que hacer. Nos genera necesidades.

 ¿Riqueza= felicidad?

Existen algunas teorías que hablan de La economía de la prosperidad[1] que deja de lado el carácter economicista del crecimiento. Alude a una bonanza que va más allá del mero desarrollo económico y que enfatiza el crecimiento personal. Así, la “prosperidad consiste en nuestra habilidad para florecer como seres humanos, dentro de los límites ecológicos de nuestro planeta”. En este sentido, el PIB ya no es el protagonista vital para definir el desarrollo de las sociedades, porque no es capaz de medir el nivel de felicidad de las personas.

Y es que al final voy a terminar de comprobar que las crisis son buenas porque ofrecen la posibilidad de analizar el estado de las cosas, reflexionar y buscar cambios de base. Podríamos, por ejemplo, redefinir el concepto de riqueza para que deje de estar enteramente ligado al dinero y se convierta en un motor que facilite la recuperación del sentido del ser. Ser personas, ser sociales, ser solidarios, ser parte del mundo, de la naturaleza, de la cultura… rescatar los bienes relacionales, esos que establecen un vínculo con quienes nos rodean y el entorno. Los bienes relacionales por el momento no se pueden medir con el PIB porque no “cotizan” pero, sin embargo, son fundamentales para el buen vivir. [2]

La felicidad debería ser una necesidad

Y aquí la teoría del decrecimiento, que implica alejarnos del sistema económico y romper con la lógica de una evolución continua que agota recursos naturales y se apoya en el intercambio de bienes materiales. El progreso real, debe tener como objetivo vivir mejor con menos. Para lograrlo deberíamos configurar un ranking en el que la felicidad verdadera se convirtiera en una prioridad, y deje de ser un tipo de felicidad condicionada por el consumo o sesgada por el dinero.

Defendamos la justicia social.

Apostemos por la convivencia y la contemplación.

Cambiemos los bienes de consumo por bienes relacionales.

Y tal vez así podamos encontrarle la vuelta al sistema. Al fin y al cabo el dinero no es más que un montón de papelitos mugrientos.



[1] Tim Jackson, informe dela Comisión para el Desarrollo Sostenible: “Prosperity Without Growth”

Cultura y etnocentrismo II

(A nivel introductorio puedes leer Cultura, derechos humanos y etnocentrismo I)

“Una forma particular de etnocentrismo se denomina Eurocentrismo. Este concepto se refiere a la mirada del mundo a partir de la experiencia europea occidental, donde las ventajas o beneficios para los europeos y sus descendientes, se buscan a expensas de otras culturas, justificando esta acción con paradigmas o normas éticas que proclaman beneficios universales para todos. Se habla entonces de una “específica racionalidad o perspectiva de conocimiento que se hace hegemónica colonizando y sobreponiéndose a todas las demás, previas o diferentes, y a sus respectivos saberes concretos, tanto en Europa como en el resto del mundo”. [1]

A priori caemos en la convicción (aunque sea inconsciente) de que nuestro modelo es el único posible y por tanto podría convertirse en el mejor. Nos lo vienen enseñando desde que aprendemos que 2+2 es 4. Se trata de una racionalidad mezclada con un poco de religiosidad, cuando cabe, y salpimentada con un poco de conciencia social.

Nos dicen que tenemos que ser los mejores, que tenemos que vestir a la última moda y que es necesario tener el último modelo del mejor teléfono móvil cuando salimos a la calle; no vaya a ser que de repente nos invadan los marcianos y necesitemos un aparato ultrasónico para escuchar música, ver vídeos, chatear y mantener conferencias mientras emprendemos la heroica acción de salvar el mundo…

Nos gusta vivir en sociedad porque somos seres sociales, pero a la vez queremos mantener cierta individualidad definida por una burbuja que delimita un “espacio vital”. Defendemos nuestros derechos sin pararnos a pensar en si verdaderamente contamos con los medios reales para llevarlos a cabo. Compramos casas que no podemos pagar, nos pasamos más horas trabajando que las que dedicamos al ocio. Queremos tener hijos pero no podemos compatibilidad la vida familiar con nuestra economía de subsistencia…

Pensamos que somos libres pero vivimos rodeados de reglas. La dictadura del “está prohibido” marca cada paso de nuestro hacer aparentemente autónomo, y es lo que define el orden, porque si no nos ordenamos caemos en un caos (o al menos eso es lo que nos cuentan) y el sólo hecho de pensar en el caos nos da miedo. Pero así y todo seguimos creyendo que nuestro paradigma es: “EL PARADIGMA”.

Modernidad = pensamiento occidental

Sí, definitivamente nosotros somos modernos y nos afanamos en serlo cada vez más. Nuestra modernidad está ligada a un modelo de producción basado en la obsolescencia programada que evita que nos escapemos de la rueda, que nos hace continuar creyendo que esto es lo único que existe y que además somos los creadores de los medios para continuar completando el ciclo: tenemos la tecnología, los médicos y los laboratorios, tenemos la educación, los libros y los maestros, tenemos la fábrica, los obreros y las materias primas; bueno, esto de las materias primas lo dejo para otro capítulo…

A partir de un etnocentrismo enraizado (los hay de diversos tipos y niveles) aseguramos que somos portadores de verdades universales, y sobre todo que somos los fieles exponentes de la modernidad. Esta inmersión en “lo nuestro” puede hacernos olvidar que existen otras posibilidades, que aunque también etnocéntricas puede que tengan “modelos” susceptibles de ser tenidos en cuenta. Y aquí empezaría a hacerme unas preguntas:

 ¿Es nuestra medicina más avanzada que la de los pueblos indígenas del Amazonas?

¿Estamos mejor educados que los pueblos africanos?

¿Son nuestras creencias más respetuosas y verdaderas que las del animismo o el Islam?

¿Es nuestro sistema económico y social más avanzado que el de comunidades latinoamericanas?

¿Son nuestros derechos humanos realmente universales o será que al intentar universalizar nos dejamos fuera algunos aspectos fundamentales como la colectividad?

El problema del etnocentrismo es que no nos deja ver en profundidad. Es como una telilla que se posiciona delante de nuestros ojos y nos hace confundir el mirar con el ver. De esta forma, inmersos en la vorágine progresista puede que no contemplemos la diversidad y el respeto por los pueblos y las culturas.

Y aquí volvería a hacerme otras preguntas:

¿Somos progreso? ¿Somos verdad?, o en cualquier caso, ¿es más acertado nuestro desarrollo y es mejor que los nacidos de otras cosmovisiones?

La cuestión fundamentalmente es si en realidad nuestra concepción del progreso es el correcto: ¿Nosotros somos el modelo y el modelo es el desarrollo? [2] (Con el fin de esclarecer este punto los invito a ver un vídeo).

Para aniquilar la mirada etnocentrista, creo yo, cabría valorizar los saberes de todos los pueblos y sobre todo respetar las culturas, teniendo en cuenta sus diferencias para lograr enriquecernos mutuamente a través del intercambio de conocimientos. Y también sería imprescindible abandonar las categorizaciones para, como me dijo una vez una antropóloga, “machacar la mirada del mundo únicamente occidental que se transmite a partir de los mitos que nosotros mismos creamos”.

La apertura mental es complicada, y romper con estructuras sociales lo es aún más. Pero pienso que sólo siendo conscientes de que nuestro posicionamiento frente a los demás puede estar condicionado por determinados valores es posible construir conocimiento entre todas y todos; pero debemos hacerlo desde el respeto. A partir de aquí será posible romper con modelos autodestructivos.


“De esta forma, se concluye que el etnocentrismo como tradición intelectual, como método de análisis de culturas dominantes y dominadas o como idea hegemónica de superioridad (como se visualiza en el caso del eurocentrismo) debe ser objeto constante de crítica en la academia por diversas disciplinas tales como el Derecho, la antropología y la sociología, en la medida en que las imposiciones dadas por las hegemonías culturales consideradas de rango superior, distorsionan la realidad cultural y social mundial ignorando o suprimiendo entre sus presupuestos, la existencia de una pluralidad de culturas que quieren “dejar de ser lo que no son” a causa de las transformaciones a las que se ven obligadas a ejecutar con el fin de ser una copia exacta o similar de la cultura dominante que enfrentan estos”. 


[2]

L.F.G

Cultura y etnocentrismo I

Me declaro y reconozco una fiel defensora de los derechos humanos. Como mujer inmigrante defiendo el derecho a la igualdad, como comunicadora el derecho a la libertad de expresión; el derecho a la vida como ser humano, pero también el derecho a la educación como eterna estudiante, lectora e investigadora, a la vivienda como individuo independiente… Lo que nunca me había puesto a pensar en mi hacer respetuoso y defensor, es la posición desde la que uno mira y actúa. Es decir, hasta que no tuve la oportunidad de visitar un país con una cosmovisión totalmente diferente a la mía no me había enfrentado al reto de analizar determinadas cuestiones, y fue en ese momento en la que mi visión del mundo, basada en una educación bien definida y concreta, se puso en tela de juicio. O quisiera rectificarme: yo misma la puse en tela de juicio.

El etnocentrismo es la actitud o punto de vista por el que se analiza el mundo de acuerdo con los parámetros de la cultura propia. El etnocentrismo suele implicar la creencia de que el grupo étnico propio es el más importante, o que algunos o todos los aspectos de la cultura propia son superiores a los de otras culturas. Este hecho se refleja por ejemplo en los exónimos peyorativos que se dan a otros grupos y en los autónimos positivos que el grupo se aplica así mismo. Dentro de esta ideología, los individuos juzgan a otros grupos en relación a su propia cultura o grupo particular, especialmente en lo referido al lenguaje, las costumbres, comportamientos, religión y creencias. Dichas diferencias suelen ser las que establecen la identidad cultural.[1]

A diferencia de que seamos muy diversos, nos criamos convencidos de determinadas verdades. Desde que nacemos nos ubicamos debajo de un determinado orden de creencias, que son las imperantes en ese momento, las consensuadas en nuestra sociedad. Estas verdades se engloban en lo que los antropólogos llaman el nivel mítico, que son como las raíces de un árbol. Están en la base, mantienen el árbol anclado a la tierra para que no caiga y pueda nutrirse de alimento, ir llenando el saquito de conocimiento, historias, credos, dogmas, certezas, ideologías, supersticiones, verdades, formas de hacer, miedos…

A partir de estar enraizado, el nivel mítico se va creando en base de la absorción de información, que podríamos llamar paradigmas (modelos, arquetipos, pautas, verdades científicas, etc). Aunque seamos personas racionales, pensantes, capaces de analizar la realidad y hasta dignos de romper con determinados clichés, normas y definiciones, es muy complicado desmarcarnos del nivel mítico, porque lo tenemos internalizado.

Por ejemplo, yo soy latinoamericana, nací en América, y me crié en base a un paradigma occidental. Mi educación fue católica, moderada y con una visión sobre el mundo amplia; al menos eso fue lo que me contaron. Aunque viajé bastante por América Latina y me explicaron varias veces la relación intrínseca que mantienen los habitantes de un determinado sitio con la “Pacha Mama”, puede resultarme complicado comprenderlo del todo porque no forma parte de mi imaginario social.

Hablando a nivel asociativo, puedo intentar entender lo que significa la vida en comunidad, pero no la he vivido como tal. Apenas tuve la capacidad de independizarme, mi único objetivo fue vivir sola. No me crié en una sociedad en donde la vida comunitaria es esencial para la supervivencia de la especie, o en donde el saber de los ancianos es valorado porque resulta vital para la transmisión de la cultura. En nuestra sociedad apartamos a las personas cuando son mayores ya que creemos que aportan poco a nuestro tejido asociativo.

Cuando iba al colegio tenía una profesora de geografía que decía que la única manera de amar algo era conociéndolo. Ella abogaba porque pudiéramos saber el máximo posible sobre nuestro país y así, por regla de tres directamente proporcional, lo amaríamos. Verdaderamente no estaba muy desacertada, pero lo que la noble mujer no tenía en cuenta es que aunque se pueda conocer algo, eso no significa que seamos capaces de desarrollar un sentimiento interior verdadero. Siempre estaremos condicionados por un bagaje cultural propio que habremos mamado a lo largo de nuestra vida y que, de alguna manera, condicionará nuestra postura.

Aquí quisiera hacer una salvedad. Particularmente no creo que conocer y comprender una situación signifique respetarla realmente. Hablo de un respeto que deja hacer al otro según sus propias convicciones y realidades. La razón de esto, en mi humilde opinión, es que tenemos internalizadas ciertas verdades que operan a diferentes niveles, según las características de cada persona. Y estas verdades (el nivel mítico) existen en todas las culturas.

Entonces ¿cuál es la clave?

Creo que un buen punto de partida es empezar por darnos cuenta que nuestra mirada sobre los demás es parcial y, por tanto, está inevitablemente sesgada y condicionada por nuestro nivel mítico interno, aprendido y absorbido. Si somos conscientes de estas características evitaremos causar el impacto de un elefante en una chatarrería: romper sin intención real con determinadas dinámicas y formas de hacer de otros pueblos que no se sustentan sobre el imaginario occidental. No somos ni mejores ni peores, simplemente diferentes y comprender esas diferencias, sin intentar cambiarlas es la clave para lograr una existencia conjunta y común.