La ilusión verde de los agro combustibles

No necesariamente todo lo verde es bueno reza un informe de Oxfam Solidaridad1. Y es que a partir de la búsqueda de combustibles alternativos, sea por reducir los efectos del cambio climático, por el afán de dejar atrás la industria petrolera o por fortalecer el sector agrícola, se quedan en el olvido los impactos que causan los agrocombustibles en la vida de las personas y los pueblos. Lo cierto es que las preocupaciones a nivel mundial de reducir las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, así como el agotamiento de los combustibles fósiles están sobre el tapete. Mucho se ha hablado sobre la necesidad de encaminarse por una vía alternativa que responda a la demanda de combustible para el transporte (lo que se llama agrocarburantes). Y aquí en donde entran otros actores. La cuestión es analizar quiénes son los países que más ansiosamente promueven esta necesidad de cambio. Y la segunda cuestión es considerar en el mapa mundial en dónde se localizan las grandes extensiones de tierra destinadas a la producción de agrocombustibles, qué características económicas tienen estos países y cómo son viables a partir de tratados de libre comercio.

Biodisel y monocultivos

Imagen obtenida de paper blog

 

De la economía bio a la agro

En este sentido, es necesario hacer una aclaración en relación a los términos agrocombustibles y biocombustibles ya que mucho se ha hablado hasta ahora de este tipo de energía alternativa. Los agrocombustibles como bien alega el informe “Agrocombustibles y derecho a la alimentación”2, nacen a partir de biomasa que se produce en cultivos agrarios que no necesariamente tienen que ser ecológicos. Pues bien, aunque se crea que la producción de agrocombustibles puede convertirse en un motor económico, se debería analizar cada caso. Europa, por ejemplo, hace ya varios años que amplió su modelo de producción económica. No se trata ni de lejos de una economía basada únicamente en la agricultura, sino más bien en la industria, la producción de bienes y servicios y el desarrollo de tecnología, pero a la vez cuenta con un medio rural que se ha tecnificado. En este caso, dedicar un porcentaje de la tierra para el cultivo de biomasa puede implicar un nuevo y valorable impulso económico en los tiempos que corren.

 Actualmente, la Unión Europea (UE) depende en un 50% de la importación de materias primas para cubrir sus necesidades de energía, algo que podría incrementarse hasta el 65% en el 2030. De acuerdo con la directiva de la UE 2009/18/EC, para 2020, el 20% del total de la energía demandada por la UE vendrá de fuentes renovable y el 10% de esta provendrá del etanol y el biodisel derivados de los agrocombustibles. Pero la producción en Europa no sería suficiente para cubrir esta demanda por lo que se plantea la necesidad de que se importe desde países en vías de desarrollo entre el 15 y 20% de esta materia prima destinada para combustibles alternativos.

Si hablamos de importación, los países tropicales son los que cuentan con las condiciones climáticas para cobijar grandes extensiones de cultivos que producen biomasa. Y es que la creciente demanda de agrocultivos está siendo un aliciente en el llamado desarrollo económico de países del sur, que han visto un motor de crecimiento productivo interesante en este aspecto. En este sentido, se han destinado grandes extensiones de tierra en países de América Central para estos cultivos, tierras antes utilizadas, por ejemplo, por pueblos originarios para su autosuficiencia alimentaria.

En cualquier caso, cabe aclarar que no es susceptible de responsabilizar únicamente a la producción de biodiesel, proveniente del maíz, caña de azúcar, remolacha y sorgo, o bioetanol, que se obtiene de aceites o grasas de cultivos como jatropa y palma aceitera, como los culpables del aumento del precio de los alimentos pues estos combustibles no derivan necesariamente de cultivos utilizados para la alimentación, salvo el maíz que se debería utilizar únicamente a partir de excedentes. Sin embargo, el cultivo extensivo sí causa un impacto en la redistribución de la tierra y el uso que se hace de ella; porque los monocultivos ubicados en grandes extensiones de tierra se encuentran mayormente en manos de latifundistas, empresas privadas nacionales o extranjeras; algo que sí afecta directamente el derecho a la alimentación de pueblos y comunidades de países del sur.

 Los daños colaterales de los agros

Si bien es posible que la producción de agrocombustibles repercuta en resultados favorables en el área rural, esto necesariamente va unido a condiciones específicas. Por ejemplo, en Europa se ha visto un crecimiento de la economía del campo dedicada a los monocultivos que producen biomasa; pero es posible que se genere una estrecha relación entre los productores y los gestores del agrocombustible, algo que no se produce en los países del sur en donde el monocultivo representa exclusión social, desplazamientos forzados, bajos salarios, explotación laboral y discriminación, así como lucha por el derecho de acceso a la tierra, la soberanía y la seguridad alimentaria. En países como Guatemala y Colombia se han documentado graves violaciones a los Derechos Humanos derivados de la utilización de la tierra como un bien para producir agrocombustibles destinados a la exportación, impulsados estos por la firma de tratados de libre comercio.

De la misma forma, los efectos que causan grandes extensiones de monocultivos en países del sur se plasma tanto a nivel medioambiental, como económico, social y cultural. El intrusismo de los monocultivos implica deforestación, afecta negativamente la biodiversidad y causa un grave impacto a nivel ecológico por la pérdida de los espacios naturales de producción de oxígeno. Por otro lado, implica que se destinen grande cantidades de agua para estos cultivos. Según el informe de Oxfam México, en este país, la superficie sembrada de caña de azúcar es de 700 mil hectáreas, lo que representa el 4% del total de la superficie sembrada. Una hectárea para la agricultura necesita 9 millones de litros de aguapero cultivos como la caña de azúcar necesita 20 millones de litros de agua. Entonces, 700 mil hectáreas demandarían 6.7 mil millones de litros de agua. Por lo que en 10 años, la demanda de agua puede incrementarse a 10.5 mil millones de litros3.

En conclusión, cabe preguntarse a quién beneficia la producción de agrocombustibles, si verdaderamente son sostenibles a nivel medioambiental y qué impactos causan en la vida de las personas. ¿ Es lícito expulsar de sus tierras a familias campesinas en pos de la búsqueda de energías renovables? ¿Es factible deforestar el sur para producir fuentes alternativas de energías para el norte? Al fin y al cabo parece que no todo se mide con el mismo rasero.

 

 

 

1Oxfam Solidarité, APRODEV, Grupo Sur, Alop, AIDhaco, CIFCA, “Not all that is green is good, expansion of the production of agrofuels and free trade agreements between the EU, Colombia, Peru and Central América”,

2Prosalus Cáritas española, Veterinarios sin Fronteras e Ingenieros sin Fronteras, “Agrocombustibles, ¿Parte del problema o parte de la solución?, 2007.

3Oxfam Mexico, “Vamos al grano. ¿combustible o alimento. Biocombustibles, cuanso la solución es parte del problema”. 2009.

El poder de los mercados y la crisis alimentaria

Internet se ha convertido en el mayor aliado de las transacciones internacionales ya que facilita el intercambio de información y es posible saber no sólo cómo están las bolsas más importantes del mundo, sino también permite mover en cuestión de minutos grandes cifras de dinero.

Así, resulta muy complicado controlar el movimiento de capitales y sobre todo de la especulación. Pero el mayor problema ante la especulación es cuando los gobiernos, las empresas y la banca se dan la mano o se convierten en hermanos de sangre. El objetivo es identificar cuáles son los productos que cotizan a mayor precio.

Las razones de la crisis actual se deben principalmente a que “los mercados son cada vez más especulativos”, aseguraba Arcadi Oliveras, doctor en ciencias económicas, en una charla enla UniversidadInternacionaldela Paz. Parecieraque no hay límites para especular y continuamente es posible negociar con productos tan básicos como las materias primas fundamentales para la supervivencia de las personas, como el trigo, el maíz o las semillas. [1]


En este mundo globalizado todo está interconectado

La Organizaciónde Naciones Unidas, ONU, ha declarado la crisis humanitaria del cuerno de África como la primera hambruna del siglo XXI, con 10 millones de famélicos. Y no es de extrañarse ya que desde hace más de 15 años, en la cumbre Anual sobre Alimentación,  países ricos y pobres se comprometieron a hacer todo lo posible para reducir el hambre mundial a la mitad, según reza uno de los objetivos del milenio. Cuatro años más tarde, las cifras continuaban empeorando.

En la actualidad el hambre afecta a mil millones de personas, de las cuales 60 mil mueren cada día. Pero el problema no es la falta de alimentos, según asegurala FAO, agencia para la agricultura y alimentación dela ONU, sino la imposibilidad de acceder a ella por parte de una gran cantidad de habitantes, en su mayoría de países de África pero también de Asia.

Los precios cada vez son más altos

Si bien los costes de los cereales han bajado en los últimos tres años, se han encarecido un 70% más que antes del 2006, por lo que no han desminuido lo suficiente para que sean accesibles a las poblaciones empobrecidas; y el precio de las semillas y los fertilizantes han aumentado el doble, según explica un artículo del diario El Periódico. [2]

Por otra parte, en los próximos años, los precios oscilaran seguramente hacia el alza ya que países emergentes como China e India se han convertido en grandes consumidores de alimentos y sobre todo de biocombustibles, para los que se han de destinar grandes extensiones de tierra y agua que antes se utilizaban para cultivar alimentos para el consumo.

Ante este panorama, los eruditos de la especulación económica han visto en los alimentos una gran fuente de divisas ya que son un bien básico para la supervivencia y quien tenga en sus manos la propiedad de la tierra y las reservas de alimentos será quien pueda decidir su precio. Tanto es así que investigadores del Oakland Institute de California[3] estiman que algunos clientes estadounidenses invirtieron 500 millones de dólares en tierras con perspectiva de un 25% de beneficio,la FAO, en su día, alentó esta iniciativa.

La mano negra alcanza a los alimentos

Así, la especulación ha pasado de productos como el petróleo, el oro o el sector inmobiliario a la tierra y los alimentos. En España, por ejemplo, existe un producto financiero de Cataluña Caixa (depósito 100% Natural)[4] que ofrece una cesta con azúcar, café y trigo que requiere una inversión de 1.000 euros pero que ofrece una rentabilidad asegurada.

Por su parte, organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial, vienen, desde hace muchos años, “aconsejando” a los países pobres que deben aplicar políticas de exportación de materias primas como fórmula para aumentar su PBI. El resultado de esto es el ahogo de los mercados internos y de los pequeños productores, además de fomentar políticas de expropiación o venta de tierras fértiles a empresas privadas de países ricos y el cultivo de productos de transacción que se convierten en activos financieros, que son cotizados en el extranjero pero que no dan de comer a la población local.

Está claro que el cuerno de África está sometido a un problema de sequía, que conjuntamente con economías insostenibles por sí mismas (o bien por ahogo internacional) y que no tienen la capacidad de producir la cantidad de alimentos necesaria para toda su población escenifica y agrava hoy la situación del hambre en el mundo.

Lo que no se puede dejar de ver es que aquellos que otrora marcaban los pasos a seguir para salir de la crisis (económica y alimentaria) son los mismos que asfixian las economías de los países del sur marcando un modelo de economía neoliberal que pone todo su énfasis en el mercado internacional y no en lo local.

Es indudable que esta situación se viene dando desde hace bastante tiempo y nosotros no deberíamos ser cómplices de este gran monstruo especulativo que empobrece y mata a miles de personas cada día. Porque la alimentación, el agua, la tierra… no deberían ser productos que coticen en bolsa ya que todos y todas tenemos derecho a una vida diga y a no morir de hambre.


Sentir saharaui

A muchas personas les atrae escucharte hablar del Sahara. Enseguida piensan en el romanticismo del desierto…  una imagenformada por una sucesión interminable de dunas, de noches estrelladas y de nómades; hombres envueltos en turbantes y de ojos penetrantes.

Cuando hablo del Sahara much@s no conocen la historia del pueblo que fue obligado a exiliarse.

Much@s no piensan en los miles de seres humanos que tuvieron que huir de su hogar, dejar todo y escapar.

Much@s ignoran que miles de personas se vieron obligados a cruzar ese desierto “tan romántico” para salvar sus vidas.

Muc@s  no saben la cantidad de personas que quedaron al otro lado del muro de la vergüenza.

Pero también hay much@s que sí saben, que sí conocen y sobre todo que sienten saharaui.

A tod@s los que luchan por la libertad de los pueblos primidos, que se comprometen en denunciar las injusticias y en apoyar, acompañar y ayudar a los que no tiene voz, les dedico estás imágenes. Es un homenaje de agradecimiento a las compañeras y compañeros que siguen creyendo en los ideales de justicia y libertad.

Si quieres más información sobre la causa saharaui mira: http://www.dajla.org

Des-sostengamos el consumo

En un momento histórico en el que la palabra sostenibilidad se ha puesto de moda y ha pasado a convertirse en el estandarte de muchos discursos productivistas que intentan disociar algunas prácticas del crecimiento económico, cabe pensar en la posibilidad de que a estas alturas se encuentre ya vacía de contenido…

 Pero más allá de la apropiación errónea que puede tener este concepto y en si realmente obedece o no a un significado tácito, creo que es necesario hacer un alto y pensar en la manera en la que estamos viviendo porque si continuamos desarrollándonos de forma insostenible nos quedaremos sin recursos.

 Ante esta situación, tal vez valga la pena re-apropiarnos del término para empezar a incorporarla en nuestras acciones cotidianas, como impulso de cambio. Y es que a través de nuestro hacer reproducimos ciertos arquetipos y estructuras enlazadas a la producción económica.

El producto final vale más que el proceso

El capitalismo, como herramienta maquiavélica “cuasi perfecta” se inmiscuye en todos los ámbitos de nuestra vida y actúa a partir de la replicación de la reproducción económica en todos los ámbitos de nuestra vida, imprenta la huella de la producción también en la reproducción social.

Seguimos patrones que son funcionales al propio sistema. Así aprendemos a generar una idea de competitividad desde que somos pequeños. Siempre debemos ser mejores y superarnos. La evaluación es una categorización numérica. Somos evaluados constantemente y hemos de sobrepasar la media (medida determinada por algún “ente medidor”) para poder “ser alguien en la vida”.

Así, creamos aspiraciones basadas en un modelo económico que puede cumplirse si alcanzamos ciertos objetivos que ya están especificados de antemano. Tal vez puedas entrar en el club de los mejores si tienes un trabajo en donde ganas bien, situación que te permitirá aspirar a una buena calidad de vida: comprarte una casa grande, tener el coche último modelo, cambiar el teléfono móvil, irte de vacaciones a un sitio exótico, etc. De esta forma el sistema va tatuando una y otra vez el modelo.

La obsolescencia también es simbólica

El consumo se convierte en un elemento central en esta supuesta libertad simbólica y mentirosa, que intenta cubrir las necesidades que el propio sistema crea. Porque en realidad, ¿necesitamos endeudarnos para comprar un coche que nos hará sentir más…libres? Y enseguida me viene a la memoria esa publicidad en donde transitas con un vehículo reluciente, nuevo y de color gris por una carretera amplia, rodeada de un hermoso paisaje… ¡y que encima aparca solo! Que tentación. Lástima que la publicidad no muestra los malabares que tendrás que hacer para pagar el sentirte más libre.

Obsolescencia programada dice que los objetos tienen un ciclo de vida establecido para continuar dando vida a la rueda productiva. Pero no sólo se rompen para procurar que el sistema siga funcionando, sino que también existe todo un imaginario simbólico que nos impulsa a continuar consumiendo, comprando, adquiriendo y tirando a la basura. La obsolescencia simbólica es eso que te impulsa a comprar cosas que realmente no necesitas… ¿por qué lo haces? Pues porque nos impulsan: rebajas, ofertas, chollos… y así privas a tu conciencia de la pregunta: ¿Lo necesito realmente?

Al fin y al cabo, si no viviéramos en una sociedad en la que todo es tan efímero y casi imperceptible, prestarías atención a la milésima de segundo de racionalidad y caerías en la cuenta de que verdaderamente no necesitas cambiar tu vestuario para ir a la moda. Una vez más el sistema se las arregla para engatusarte, ¡la banca gana!

Y es que el consumo se disfraza de necesidad y se internaliza a través de hábitos cotidianos. “Estos hábitos devienen de las enfermedades de la opulencia, nacen del exceso y de la orgía consumista”, explican desde el centro de investigación e información del consumo.

Caminando por Plaza Cataluña estas semanas en la que los indignados estábamos des-indignándonos vi una pancarta que me hizo mucha gracia por su frescura e infinita razón: “nosotros no somos anti-sistema, el sistema es anti-nosotros”. Y me rememoró todas las veces en las que escuche a aquellos que defienden el modelo imperante… el mercado se regula, hay que comprar para activar la economía…

 Simplicidad voluntaria: consumir menos y vivir mejor

¿Seré anti- sistema? Si eso significa intentar vivir con menos, adecuarme a adquirir las cosas que realmente necesito, intentar dedicar tiempo a hacer aquello que verdaderamente me gusta aunque no me otorguen un rédito económico, entonces sí soy anti-sistema. Porque como seres humanos pensantes, racionales y libres… ¿libres?, tenemos la posibilidad de elegir cómo queremos vivir en este paradigma.

El sistema es anti-seres humanos sociales. El sistema intenta aniquilar las relaciones humanas, no sólo con los de nuestra propia especie, sino también con la naturaleza. Reemplaza emociones por objetos.

Hay quien piensa que es imposible luchar contra algo que está tan enraizado, porque pareciera que no hay manera de salirse de la vorágine. Pero aunque nos olvidemos ( porque existe una fuerza maligna que hace todo lo posible para que pase), las personas tenemos un espacio de poder que se desarrolla en lo privado. Este ámbito privado, en el que podemos ser dueños de nuestras propias decisiones, interactúa constantemente con el ámbito público.

A mi entender, es posible convertirnos en consumidores concientes que sólo adquieren lo que realmente necesitan, sin excesos. La clave es ser transformadores, y actuar desde el día a día para modificar nuestro estilo adaptándolo a una idea de decrecimiento individual.

Podemos ir más lento, disfrutando del paisaje, mirándonos a los ojos de nuevo, compartiendo tiempos juntos y relacionándonos con la naturaleza. Observar en profundidad y preguntarnos qué es lo que realmente importa. La respuesta está en la voluntad y es simple: consumir menos y vivir mejor.

Del empoderamiento al poder intrínseco

“El hombre es hombre, y el mundo es mundo. En la medida en que ambos se encuentran en una relación permanente, el hombre transformando al mundo sufre los efectos de su propia transformación”, Paulo Freire. 

La palabra “Hacible se la sacó de la manga un compañero de trabajo alegando que sonaba bien y que deberíamos incorporarla a nuestro amplio y culto vocabulario, léxico y código. Al principio dudé de si realmente existía porque verdaderamente sonaba bien. Yendo a buscar a los no tan profundos límites de nuestra conciencia lingüística, llegamos a la conclusión de que no existía y que hacía falta un solo léxico que definiera que una cosa era fácil de hacerse: hacible.

 Supongo que lo mismo habrá pasado con la palabra empoderamiento. Debo admitir, desde la más pura ingenuidad, que la primera vez que la escuché me provocó “miedo” y hasta me dio vergüenza preguntar su significado. Encerrada en el pudoroso reparo de quien no pregunta, decidí esperar a que el significado se dejara caer como quien no quiere la cosa, siguiendo el curso natural de los acontecimientos. Al cabo de unos días, el creador de la palabra “hacible” me comentó que la palabra empoderamiento seguramente era una derivación del anglicismo “empowerment”, algo que se traduciría como tomar el poder. La verdad es que no se si este será el significado real, pero como la palabra aparece en muchos proyectos de cooperación supongo que debe de ser algo muy importante y vital.

Investigando y comentando el tema con gente que trabaja en asociaciones, concensuamos en que el empoderamiento se ha convertido en uno de los ejes en los que se apoyan algunas teorías de desarrollo. Así las cosas, junto con incluir la perspectiva de género, es imprescindible que hagamos todo lo posible para lograr que los pueblos puedan empoderarse. Esta situación, me llevó a analizar de dónde sale el poder, es decir quien lo tiene y hacía dónde va. Está claro que si debemos darlo es porque alguien lo tiene, y este tener viene de haberlo quitado o bien otorgado, aunque también se puede haber ganado…

A raíz de esto me vienen muchas preguntas a la cabeza. ¿El poder se crea, se traspasa, se enseña? ¿Somos nosotros los que debemos dar las herramientas para que exista una toma de poder? ¿Somos nosotros los que tenemos ese poder para traspasarlo?

Desmarcándome de las teorías que hablan estrictamente de desarrollo, y pasando a las que derivan de la educación popular (Paulo Freire, años ´70), conjuntamente con el uso de metodologías de trabajo participativas y de construcción del conocimiento conjunto, me di cuenta de que volvía a aparecer el tema del empoderamiento. Aquí también se hacer referencia a una toma de poder, relacionada con un aumento de la fortaleza espiritual, política, social o económica de los individuos y las comunidades. Pero el poder no se da, porque está ahí, en el tejido asociativo. Partimos de la postura de que todas y todos, como parte de la comunidad, somos los protagonistas de nuestros propios cambios sociales y nos convertimos en los actores principales de la transformación, una transformación que viene desde dentro, pasa del ámbito personal al colectivo. Me gusta esta idea, y me gusta más pensar que las ONG no empoderamos, porque eso significaría que somos nosotros los que tenemos el poder.

La cooperación co-opera?

A raíz del artículo publicado en la Vanguardia hace unas semanas que hablaba del libro del antropólogo Gustau Nerín, “Blanco bueno busca negro pobre”, quisiera hacer unas alegaciones. Entrevistas radiofónicas y escritas aparte, debo confesar que la posición de Nerín me exasperó bastante porque las generalizaciones matan todo sesgo de duda y realidad. Sin embargo,  con el pasar de los días y haciendo un análisis más profundo, he llegado a la conclusión de que quienes queremos dedicarnos a la cooperación hemos de hacer una revisión de lo que se ha hecho hasta este momento desde una visión crítica, desde el análisis y  mediante un repaso histórico de las acciones. Sólo así será posible definir cuál es el tipo de cooperación que queremos.

 

El otro día alguien me dijo, con mucha sabiduría, que los cooperantes deberíamos aspirar a la desaparición. Al escuchar esto, al igual que con la entrevista a Nerín, me sentí tocada en la fibra más íntima. Pero como la acción sin reflexión es pérdida de tiempo, inevitablemente tuve que rumiar un largo rato. Y llegué a la conclusión de que sí, deberíamos empezar a pensar en que nuestro objetivo es desaparecer. Esto significa pensar nuestro trabajo no desde la idea romántica de quien se va a algún sitio a “ayudar”, sino más bien desde el pensamiento de que “somos un mal necesario” que algún día debería dejar de existir. Si pensamos en este leiv motiv, en algún momento miraríamos a nuestro alrededor y llegaríamos a la conclusión que ese “mal necesario” ya no es necesario.

“Hacer una escuela o una letrina no tiene impacto sobre el desarrollo de África. Llevamos cincuenta años de cooperación a gran escala y no ha habido resultados. El modelo está caducado. No hay ningún país africano que se haya desarrollado gracias a políticas de cooperación. Hace treinta años se creía que, al ritmo que avanzaba la cooperación, a principios del siglo XXI el continente africano estaría al nivel de Europa, pero se ha visto que no. De hecho, incluso se ha aparcado ya la expresión de ‘país en vías de desarrollo’. Hay muchísimo paternalismo y las ONG se acercan a África como si hubiera que enseñar a los pobrecitos negros a hacer todo”. Gustau Nerín.

Está claro que es necesario cambiar. Debemos pasar del simple asistencialismo, de la ayuda de sofá, de una cooperación centrada en el déficit económico en donde decimos qué es lo que se tiene que hacer y cómo se debe hacer, a la búsqueda de las verdaderas causas y en su consiguiente solución. La clave está en el trabajo conjunto, la escucha activa y las acciones bilaterales y de co-desarrollo.

Llegados a este punto, quienes hacemos cooperación tenemos que empezar a preguntarnos si  queremos pescar por los demás, si deseamos enseñar a pescar o si apostamos por acciones verdaderamente transformadoras, gestionando conjuntamente el cambio, trabajando desde el acompañamiento en el sur y dando protagonismo a las personas. La bilateralidad implica la acción también en el norte, donde nos toca hacer incidencia política y denunciar a los gobiernos que no respetan los acuerdos internacionales de paz y de derechos humanos, así como a las transnacionales que expolian y esclavizan a los ciudadanos. La clave está en empezar por comprender que muchos de los males del sur se gestan en el norte y que es tiempo de que nos demos cuenta de cómo nuestras acciones inciden en otras partes del planeta. Debemos ser responsables, no desde una aportación económica, sino desde una postura crítica y de acción real.

En este sentido y volviendo al análisis sobre la cooperación internacional, personalmente creo que no todo lo que se ha hecho, o hace, es malo, ni afirmaría que todo es bueno. Es también obligación de las asociaciones observarnos y criticarnos para apuntar hacia la transparencia, es un ejercicio “casi obligatorio”. Por otro lado, coincido en que utilizar a la cooperación al desarrollo para hacer negocio es un delito inhumano, vergonzoso y despreciable  que se ha de denunciar.

La cooperación ha ido evolucionando, cambiando y ganadamente se transforma y se analiza a sí misma. Busca nuevos enfoques que sean más participativos, horizontales e igualitarios, en donde no se hable de beneficiarios sino de actores, y sobre todo que otorgue voz a los verdaderos protagonistas de las transformaciones. Los que estamos en el norte tenemos una misión que se centra en búsqueda de nuestra propia justicia social, y que ver con la rendición de cuentas y la transparencia, tanto de las ONG, como del Estado y de las empresas privadas en donde invertimos, de las que adquirimos productos y en donde depositamos nuestro dinero. Empecemos por mirarnos el ombligo, poner nuestra casa en orden y luego llevar a cabo una cooperación entre iguales, horizontal, participativa y sobre todo de acompañamiento.

 

L. F. G.