Felicidad = Necesidad (Al cubo)

Llegan a mis oídos continuamente conversaciones sobre la crisis, teorías que explican causas y consecuencias; debates sobre cómo refundar el modelo, cómo modificarlo para evitar caer cíclicamente en la espiral caótica. Recetas del Banco Mundial, soluciones para tapar agujeros del Fondo Monetario Internacional y algún que otro expertillo que nos da buena cuenta de las famosas “medidas económicas”…

Seguramente en unos años el propio sistema se rearmará y seremos capaces de volver a comprar la cantidad de televisores directamente proporcional a la cantidad de habitaciones que tenga nuestra casa hipotecada. A vestir como las grandes cadenas de ropa lo crean conveniente (siempre marcando tendencia) y a aprovechar los descuentos de objetos que ni siquiera necesitamos… en fin, a seguir cubriendo nuestras “necesidades” para continuar desarrollándonos y creciendo y, por tanto, ser felices… pero mientras tanto es menester pensar en algunas cuestiones.

Necesidad, crecimiento, desarrollo= ¿progreso real?

Por suerte, a la par de la cantidad de recetas economicistas, voy escuchando muchas otras que apuestan por el cambio definitivo.

Hasta ahora se había medido el nivel de desarrollo de un país a partir de su producto interior bruto (PIB). Tanto más rico es un país, y por tanto sus ciudadanos, cuanta más producción de bienes y servicios finales tiene… Particularmente nunca me convenció la idea del PIB, no sólo porque la distribución de la riqueza es desigual aunque el PIB sea alto, sino más bien porque es un indicador material, no de bienestar o de calidad de vida.

Porque en realidad, ¿quien dice que somos mejores si producimos más, gastamos más, invertimos más, compramos más, vendemos más…? y sobre todo, ¿hasta dónde somos capaces de llegar para continuar con un modelo de producción que persigue alcanzar los primeros puestos de la lista peibeística?

A mi entender, el modelo occidental, enarbolando la bandera del capitalismo salvaje, es destructor por naturaleza y apuesta por transformaciones que convierten materias primas en bienes competitivos, ahogando economías débiles, expoliando recursos y aplastando lo que se cruce en su camino. Genera deuda, no sólo monetaria, sino también ecológica, humana, cultural y social. Es irrespetuoso porque nos dice, no sólo lo que tenemos que hacer, sino también cómo lo tenemos que hacer. Nos genera necesidades.

 ¿Riqueza= felicidad?

Existen algunas teorías que hablan de La economía de la prosperidad[1] que deja de lado el carácter economicista del crecimiento. Alude a una bonanza que va más allá del mero desarrollo económico y que enfatiza el crecimiento personal. Así, la “prosperidad consiste en nuestra habilidad para florecer como seres humanos, dentro de los límites ecológicos de nuestro planeta”. En este sentido, el PIB ya no es el protagonista vital para definir el desarrollo de las sociedades, porque no es capaz de medir el nivel de felicidad de las personas.

Y es que al final voy a terminar de comprobar que las crisis son buenas porque ofrecen la posibilidad de analizar el estado de las cosas, reflexionar y buscar cambios de base. Podríamos, por ejemplo, redefinir el concepto de riqueza para que deje de estar enteramente ligado al dinero y se convierta en un motor que facilite la recuperación del sentido del ser. Ser personas, ser sociales, ser solidarios, ser parte del mundo, de la naturaleza, de la cultura… rescatar los bienes relacionales, esos que establecen un vínculo con quienes nos rodean y el entorno. Los bienes relacionales por el momento no se pueden medir con el PIB porque no “cotizan” pero, sin embargo, son fundamentales para el buen vivir. [2]

La felicidad debería ser una necesidad

Y aquí la teoría del decrecimiento, que implica alejarnos del sistema económico y romper con la lógica de una evolución continua que agota recursos naturales y se apoya en el intercambio de bienes materiales. El progreso real, debe tener como objetivo vivir mejor con menos. Para lograrlo deberíamos configurar un ranking en el que la felicidad verdadera se convirtiera en una prioridad, y deje de ser un tipo de felicidad condicionada por el consumo o sesgada por el dinero.

Defendamos la justicia social.

Apostemos por la convivencia y la contemplación.

Cambiemos los bienes de consumo por bienes relacionales.

Y tal vez así podamos encontrarle la vuelta al sistema. Al fin y al cabo el dinero no es más que un montón de papelitos mugrientos.



[1] Tim Jackson, informe dela Comisión para el Desarrollo Sostenible: “Prosperity Without Growth”

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Acerca de Lucia Gorosito
Fotógrafa con más de siete años de experiencia en reportaje. Actualmente me dedico a la fotografía de bebés y mamás embarazadas.

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